1/8/16

Biblioteca Solidaria en la prisión de Cuenca


Creo recordar que empezamos reuniéndonos como  “Taller de fomento de la lectura” o algo parecido. La intención era facilitar la lectura en común para despertar interés por los libros (por el contenido de los mismos). Mis pasadas experiencias en este sentido no eran muy alentadoras ya que es difícil encontrar en estos grupos afinidades que se continúen en el tiempo, y difícil también, una atención mantenida sobre una historia que se comparte durante una o dos horas semanales a plazo fijo. Otra dificultad es que la asistencia de los miembros del colectivo no está garantizada y se producen lagunas en el seguimiento. Pero quería creer yo (mal lector, anárquico y compulsivo, pero adicto agradecido), que a gentes recluidas contra su voluntad durante largos periodos la inmersión en la lectura podría abrirles horizontes gratificantes. Y me mantengo en la querencia. Y en la fe. Por eso sigo.

Entre los internos del centro penitenciario de Cuenca hay pocos universitarios, o ninguno, aunque sospecho que pasó entre nosotros uno. Apenas si nos tratamos un par de meses. Era culto y educado. Un día vinieron a buscarlo a poco de empezar la lectura. Volvió media horas después a recoger sus gafas que había olvidado sobre la mesa. Lloraba. No volví a verlo.
De los primeros asistentes al taller, que se reunían en el escenario del salón de actos donde arrimábamos un par de mesas a un banco adosado a la pared, algunos sufrían al leer como si le estuvieran sacando una muela.
–Es que casi no veo las letras, necesito gafas –se excusaban. En algún caso fue verdad.
Las novelas eran tragos casi imposibles de tragar, salvo versiones simplificadas porque, a diez páginas por semana, cualquiera se convertía en eterna. Los cuentos, en los que cada palabra cuenta, no podían saborearlos porque de muchas desconocían el significado y se les escapaban los matices de frases y párrafos enteros. Por más que insistía yo en promover sus preguntas, casi nunca pedían aclaraciones.
Recurrí a las digresiones y a la cháchara, para lo que no necesito esforzarme. Y acerté, de mis defectos hice virtud. Lo que mis compañeros necesitaban era una bocanada de aire exterior, nada de formalidades, el trato con personas que no fueran vigilantes o cuidadores. Un amiguete, aunque fuera un vejete parlanchín. Y eso les di.
Han pasado por el taller unas tres decenas de lectores, algunos fueron trasladados, otros no engancharon, hubo quien se cansó, a su casa volvieron otros, quedan tres fieles,  y no faltan de vez en cuando temporales adhesiones.
Ahora usamos un texto guía*. Cada uno con un libro en la mano charlamos de esto y de lo otro, cosas variopintas. A veces, incluso leemos.
Manuel Polo Recio (Voluntario de Biblioteca Solidaria)

*Algunos de los títulos son: Fisas, C. Curiosidades y anécdotas de la historia universal; Skarmeta, A. El cartero de Neruda; Llamazares, J. Luna de Lobos; Stevenson. La isla del Tesoro; Kipling, R. El libro de la selva; Jiménez Lozano, J. El cogedor de ancianos.

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